¿Cómo acabará la crisis de Ucrania?

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Los antecedentes de la actual crisis en la península ucraniana de Crimea han sido estudiados desde múltiples puntos de vista. Como es bien sabido, la negativa del expresidente Víktor Yanukóvich a la firma del acuerdo de asociación y libre comercio con la UE el pasado mes de noviembre dio lugar a las primeras protestas populares en la plaza Maidán, inicialmente pacíficas pero que pronto se enquistaron tras los tímidos intentos gubernamentales de disolver a los concentrados en Kiev.

No es fácil explicar cómo esas primeras concentraciones, muy limitadas en número en un país de las dimensiones de Ucrania, pudieron convertirse en un movimiento de magnitud tal que llegase a provocar la caída del presidente. El acuerdo suscrito el 17 de diciembre, por el que Rusia apoyaría financieramente a Ucrania con 15.000 millones de dólares y una rebaja del 30% en el precio del gas, pareció que aplacaba los ánimos, a lo que también contribuyó la llegada del frío invierno.

Sin embargo, el Gobierno del primer ministro Mikola Azarov tomó una decisión desastrosa el 16 de enero, al aprobar la Rada un paquete de medidas legislativas destinadas a reprimir a la oposición. Ese hecho galvanizó unas protestas que parecían languidecer y, sobre todo, cedió el protagonismo a formaciones radicales como Libertad, Causa Común o el Sector de Derechas, que comenzaron a aplicar tácticas de guerrilla urbana en sus enfrentamientos con los Berkut, hasta que el 22 de enero se produjeron las primeras muertes.

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Cabe recordar que hasta ese momento Yanukóvich no hizo uso de los múltiples instrumentos de los que disponía para atajar las revueltas, ya que la actuación de los antidisturbios había sido principalmente defensiva, y se había negado sistemáticamente a declarar el estado de emergencia. Estas decisiones evidencian que el propio Yanukóvich no se debía sentir muy respaldado ni por ciertos sectores de su Partido de las Regiones, ni por Rusia, ni por supuesto por la UE, que desde el principio concedió un plus de legitimidad a los opositores.

El hecho es que el 26 de enero se produjo el evento que pudo (y debió) poner fin a la crisis: ese día, Yanukóvich destituyó a Azarov y a todo su gabinete, anuló las leyes represivas aprobadas en enero y ofreció a la oposición el formar parte de un Gobierno de concentración nacional que dirigiese al país hasta las elecciones presidenciales de 2015. Si los líderes de la oposición moderada de Patria y UDAR hubiesen aceptado esa oferta, la situación actual en Crimea sería muy distinta. Pero el hecho es que la rechazaron.

Esa decisión refleja, en primer lugar, la baja cultura democrática de los estados postsoviéticos, en los que la búsqueda de consensos se obvia cuando existe la posibilidad de asumir todo el poder. Pero también es indicativa de que los opositores tenían un estímulo externo para no aceptar una oferta que suponía una gran victoria para ellos, porque además Yanukóvich nunca había cerrado la puerta a la firma del acuerdo con la UE, sólo que quería hacerlo en unos términos que no llevasen al país a la ruina.

En realidad Occidente alentó las protestas, como se comprobó cuando el secretario de estado Kerry se reunió con los líderes opositores durante la conferencia de seguridad de Múnich, o en la célebre conversación de Victoria Nuland con el embajador en Kiev, en la que organizaba sin pudor el futuro Gobierno de Ucrania, apostando por el partido Tierra Patria, de la encarcelada Julia Timoshenko, frente a UDAR, del exboxeador Klitchko, el preferido de Alemania.

Es también un hecho probado que la UE tomó partido por el bando opositor. Esto se puso de manifiesto con la amenaza de la Comisión de adoptar sanciones contra Ucrania cuando se produjeron las primeras muertes (pero sin pedir a los manifestantes que moderasen su violencia), o con las continuas visitas de políticos (en particular del “Triángulo de Weimar”, Alemania, Francia y Polonia) a la plaza Maidán. Por contraste, Rusia seguía los acontecimientos desde la barrera, ya que como declaró Putin los problemas debían ser resueltos por los propios ucranianos y “cuantos más intermediarios, peor”.

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A partir de ese momento, todas las piezas estaban en su lugar para conducir a Ucrania al caos, dado que el presidente ya no disponía de más cortafuegos, y lo que la oposición pedía abiertamente era su salida del poder. Se produjeron así los sangrientos eventos del lunes 17 de febrero, con 26 muertos (10 de ellos policías). Yanukóvich alternó entonces los intentos de recuperar el control por la fuerza, destituyendo incluso al jefe de Estado Mayor por negarse a usar al Ejército contra los manifestantes, con ofertas de diálogo que caían en oídos sordos.

Finalmente, el jueves 20 murieron decenas de personas en las calles de Kiev víctimas de francotiradores, que a su vez respondían al incendio de las sedes del Partido de las Regiones y al secuestro esa mañana de 67 policías por milicias armadas. Los ministros de Exteriores de Alemania, Francia y Polonia se desplazaron a Kiev, y bajo su mediación se firmó un acuerdo la madrugada del día 21 por el que las elecciones presidenciales se adelantaban a 2014, y se votaría la vuelta a la Constitución de 2004 para recortar los poderes de Yanukóvich.

 
 

 

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